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4 December 2020
Día Internacional de las Personas con Discapacidad

Reflexión realizada por Carmen Liliana Ávila Rendón, docente del Departamento de Movimiento Humano, servicio de Permanencia Incluye-te UAM, y coordinadora de la Maestría en Discapacidad de la Universidad Autónoma de Manizales. 

Corresponsal UAM

 

 

 

 

Foto tomada en 2019

Hace algunos años, en una conferencia inaugural de alguna cohorte de la Maestría en Discapacidad, indicaba el profesor invitado Germán Guarín que “la discapacidad es un término cadáver”, en las constantes reflexiones de la discapacidad como campo de conocimiento es reiterado el llamado a “enterrar” la discapacidad; quienes me conocen, saben que me apasiona este campo de estudio, por ello, fuera de mi vida académica, una y mil veces vuelvo a aquella cita, especialmente en días como hoy y la respuesta viene a mi cabeza en forma de preguntas ¿Invisibilizar la discapacidad? ¿Desconocer el “tipo” de espacios que habitamos? ¿Dejar de acompañar la voz de tantos seres humanos que experimentan diariamente las barreras que impone el contexto?

La discapacidad hoy es reconocida mundialmente como la interacción de la persona con deficiencias o limitaciones con las barreras del contexto, que restringe su participación plena en aspectos de la vida como tener un trabajo digno, acceder con equidad a la educación, tener una pareja o administrar el propio dinero. La discapacidad emerge en lo social y las oportunidades se dan en lo social.

Hace mucho, la discapacidad sitúa su foco en las condiciones que todos construimos para la inclusión, cada pequeña transformación suma, hablar de la “persona con discapacidad”, evitar decir “discapacitado” o minusválido”, el “cieguito” o el “sordo mudo”, llamar a la persona por su nombre, sin diminutivos, la persona es ciega o sorda, muchos desconocen la importancia de evitar referirse a la persona sorda como “muda”, en realidad no lo es.

Más allá de la forma como se nombra la discapacidad, lo importante es que, si en cosas tan simples como el lenguaje se excluye al otro, se le marca y rotula por la carencia, por la dificultad, por la deficiencia, imagínense la repercusión de los gestos, las miradas, las actitudes, los prejuicios, estigmas y escasas oportunidades sociales en la carga de la discapacidad y en la persona que la experimenta.

En este tiempo de contingencia, de experiencias nuevas, de exclusiones potenciadas en lo geográfico, lingüístico, comunicativo, didáctico, económico, tecnológico, las personas con discapacidad ocupan un lugar que no muchos elegirían, seguramente pesaría el temor de vivir en un cuerpo considerado extraño, territorio de desigualdad, lo que acabo de escribir es parte de lo que les digo, de nuestros propios prejuicios, mi prejuicio y miedo interno de vivir aquello en lo que discurro todos los días.

La discapacidad es un campo que demanda reconocimiento político, económico, cultural… social, pero ante todo humano, no desde el pesar, sino desde todo aquello que precisa convivir y compartir con los otros, esos otros distintos, y ahí me incluyo, porque ¿quién es diferente? ¿Solo el otro? ¿Ese “otro” con discapacidad? En la realidad de lo social lo que predomina es ubicar la discapacidad en ese espacio ambiguo de disputa entre “lo normal” y lo “anormal”, lo “sano” y lo “patológico”, lo “capaz” y lo “incapaz”, estas y otras razones podrían vagamente explicar por qué la discapacidad existe y es un término necesario para garantizar los derechos de un colectivo tradicionalmente excluido y los deberes de una sociedad predominante excluyente.